lunes, 1 de febrero de 2010

Entre cafés



Perfil de una gran ciudad.
Captamos esta imagen desde las alturas. Podemos verlo todo, pero no tenemos ni voz ni voto para participar en lo que retienen nuestras retinas.
La ciudad está repleta de luces intensas que parecen cobrar vida propia, sombras que incluso se nos asemejan fantasmales. Como un gran espectáculo donde cada pequeña calle, cada edificio y cada solitario café tienen su propio papel adjudicado y se limitan a representarlo.
Y a uno de esos solitarios cafés nos dirigimos. Descendemos en picado, atravesamos el tumulto de personas que vienen y van fugazmente a través de la noche, realizamos un par de zigzag entre las relucientes calles que lucen con orgullo sus escaparates navideños y nos adentramos en el lugar que buscábamos.
Cuando abrimos la puerta, la mayoría de la gente no puede evitar sobrecogerse a causa del viento que se cuela con nosotros. Mueven su cabeza negativamente en ademán de resignación y se estrechan un poco más la bufanda alrededor del cuello. El aire está cargado de un delicioso aroma a bollos recién hechos, a tarta de manzana y a dulce. La iluminación también ayuda a hacer de la escena algo cálido y agradable.
Pero un elemento no va acorde con el plácido ambiente que se ha formado ahí dentro.
Ignoramos a la gente que, una vez cerrada la puerta, vuelve a entrar en calor y resoplan con placer, para centrarnos en la figura de una muchacha. La chica solitaria del café solitario.
Tiene un aspecto corriente y va vestida de forma corriente. El camarero se acerca a ella con una taza de café que ni siquiera ha pedido, pero basta con que éste le murmure con afecto un ¿Lo de siempre? para que nos percatemos de que no es la primera vez que se sienta allí. Pero lo que más sorprende es su temple serio.
Triste, pero decidido. Agotado, pero dispuesto a esperar.
Aunque aquí dentro hace calor, sus dientes no paran de rechinar de frío, o tal vez sea el simple nerviosismo. Mientras la luz del lugar es cada vez más débil y el frío de fuera cada vez más intenso, la chica solitaria espera aún veinte minutos más antes de levantarse. Sus labios sólo pueden emitir cuatro palabras sin sonido cuando llega el momento de abandonar la mesa: Hoy tampoco ha venido.
Y nosotros ya no hacemos nada allí. Volvemos a ascender y a posar la vista sobre la gran ciudad sin nombre, a la búsqueda de otro café solitario que acoja en su interior a otra chica solitaria.

1 comentario:

Celia dijo...

cómo mola *-*
me acabo de enterar, al verlo en el tuenti, que tenías blog =D yo también (aunque últimamente como si no, porrque no actualizo desde septiembre xDDDDD)
me voy a hacer tu fan! quiero decir, que le doy al botoncito de seguir =) (y te sigo, mwajajaja xDDDDD)