martes, 5 de julio de 2011

Y los sueños... sí, sueños son.



Desde hace unos cuantos meses, cada vez que me meto en la cama dispuesta a disfrutar de unas cuantas horas despreocupada del mundo real y con el único propósito de descansar, sólo tengo pesadillas.


Dormir siempre ha sido la solución a todos los problemas que te puede ofrecer un mal día. No hablo metafóricamente, sino basándome en mi propia experiencia. Ante uno de esos días en los que parece que nada puede salir peor, el único consuelo que te queda es volver a meterte en la cama y confiar en que, tras esas horas de ausencia, al día siguiente el mundo será de otra manera. Y volvemos a repetir ese experimento una vez más. Y otra, y otra...


Sin embargo, algunas personas como yo tenemos la mala suerte de que durante algunas rachas los únicos sueños que tenemos no son precisamente agradables. Y no es porque sueñe con la muerte, con alguna bestia salvaje que intente devorarme o con cosas que no alcanzo a comprender. 
No. Mis sueños no son tan complejos como para tratar temas con tanta carga dramática. Precisamente los defino como pesadillas porque abarcan temas cotidianos, cosas que o bien ya han ocurrido y me preocupan, o bien me preocupa que vayan a ocurrir. Una pelea, un secreto mal confesado, un enfrentamiento... ya se pueden volver los monstruos a su armario o bajo la cama, que lo que de verdad me acojona es el día a día.

Pero precisamente al ser algo tan real y tan cercano (aunque la situación sea surrealista, como en cualquier sueño) aportan algo bueno que la vida real nunca será capaz de ofrecerte: la sensación al despertar y darte cuenta de que nada de eso ha pasado, de que aún tienes la oportunidad de cambiar las cosas o más aún, de evitarlas. Estoy segura de que es algo parecido al alivio que sintieron Doc y McFly regresando al futuro


Sin embargo, esta mañana ha ocurrido el efecto contrario. Tras estar tranquila en uno de esos sueños sin mucho sentido, pero que recrea lugares, situaciones y personas de la vida que conoces, me encontré con que ése, ese sueño en concreto, era un buen sueño. 
Por tanto, el despertar no fue tan agradable como esperaba. La sensación de alivio fue sustituida por la decepción y la impotencia ante algo que creía conseguido y que resultó ocurrir sólo en mi cabeza. Así que al fin y al cabo, acabé echando de menos esos sueños en los que se presentaban preocupaciones cotidianas que, después de todo, me hacían recibir el día con más entusiasmo.


Y lo mejor de todo fue encontrarme hace dos escasos días con la afirmación que resume más o menos todo lo que acabo de explicar:


"Siempre he pensado que los sueños son anuncios; algunos largos como publirreportajes, otros cortos como tráilers y otros minúsculos teasers. Y todos hablan de nuestros deseos. Sin embargo, no los entendemos porque es como si los rodara David Lynch."

("Todo lo que podríamos haber sido tú y yo si no fuéramos tú y yo", Albert Espinosa)

1 comentario:

sriesco dijo...

A mí me pasa algo parecido... De eso que sueñas cosas completamente surrealistas e inconexas, pero que las sueño tan intensamente que me levanto con una sensación muy extraña. No sé... se ve que mi cerebro echa de menos trabajar como en exámenes jajaja! ME ha gustado tu texto ;)